El efecto Pigmalión

Hace unos días, en una reunión con la profesora de mi hija a la que asistimos todos los padres de la clase, nos comentó la importancia de no poner etiquetas a nuestros hijos. Me pareció un tema interesante sobre el que escribir.
La tutora se refería a lo que en psicología se denomina “efecto pigmalión” o “efecto de la profecía autocumplida”.
Técnicamente es

“La influencia que ejerce cierta creencia sobre la conducta, pensamiento o emoción ya sea de uno mismo o de otra persona”.

El experimento que puso sobre la mesa este fenómeno es el de Rosenthal (1966) en el ámbito experimental y posteriormente David C. McClelland en el ámbito educativo. Aquí os dejo el enlace a la wikipedia por si lo queréis leer. La conclusión es que la percepción que se tiene de ciertas personas influye realmente (si se hace patente) en la conducta de las personas objetos de esa percepción.

Y llevándolo al terreno de la crianza…
Si cada vez que presento a mi hijo a gente extraña para él, digo algo como “es que es muy tímido”, hay muchas más probabilidades de que mi hijo siga comportándose así o peor aún, que acabe por asumirlo como parte de su personalidad.
Podemos cambiar “tímido” por “malo”, “no le gusta nada de comer”, “es torpe”, “envidioso”… Esto no quiere decir que acabe siendo exactamente como lo estamos etiquetando, pero sí que le limita la posibilidad de ser algo diferente a eso que le estamos diciendo que es. Además, se produce otro efecto, y es que si etiquetamos al niño delante de otras personas, esas mismas personas tratarán al niño en consecuencia, entrando en una ciclo de retroalimentación.

Pero esto no se queda aquí, ahora viene lo más preocupante (o no! más aún???- sí, más aún…)
Lo más habitual es que antes del calificativo (malo, tímido, tonto) esté el verbo “ser”: eres torpe, es tímido, eres tonto, eres, eres, eres….


Como si fuésemos forenses del lenguaje analicemos qué significa exactamente “eres”:
“Eres” es, antes que nada, “tú”, la persona, no el contexto ni la circunstancia, eres tú.
Además, lo eres siempre, a todas horas, ayer, hoy y mañana, ya que, aunque el verbo esté conjugado en presente, a efectos prácticos incluye lo que hemos sido y lo que seremos, por esa cualidad aparente e implícita que tiene la personalidad de estable e inamovible.
También tiene la condición de global, esto es, que eres torpe, tonto o lento en todo aquello que hagas o te propongas hacer.

Resumiendo:
Cuando se dice “Niño, eres torpe” en realidad lo que estamos diciendo es:
“Niño, eres torpe, siempre y en todo lo que haces, hiciste o hagas en un futuro”.
Este goteo de “eres” durante la infancia influye en cómo percibimos y valoramos la realidad de adultos. Es lo que se denomina “estilo atribucional”.

Es habitual que en las consultas, los psicólogos tengan que reconducir el estilo atribucional, ya que este está en la base y en el mantenimiento de muchos problemas, especialmente aquellos asociados a cuadros depresivos. Cuando las personas estamos tristes tendemos a percibir la realidad de forma sesgada; nos fijamos más en las cosas malas que en las buenas, parece que todo sea culpa nuestra, incluso conversaciones neutras parecen esconder velados reproches.

Un ejemplo de dialogo interno en un estado depresivo puede ser “todo es culpa mía”, “lo hago todo mal”, “siempre me pasa lo mismo”, “esto no acabará nunca” (fijaros en cuánto se parece esto a lo dicho anteriormente; tú, siempre, todo)
La manera de salir de ese estado, de romper ese estilo atribucional, es, entre otras cosas, aprendiendo a “compartimentar”.

Imaginemos un barco con una brecha en el casco, en el que no para de entrar agua. Si todas las compuertas estuviesen abiertas, se llenaría de agua por completo y acabaría en el fondo del mar. Solución: cierra puertas, crea cámaras estanco. No dejes que el agua lo inunde todo. Etiquetar a nuestros hijos con el “eres” es el equivalente a bloquear las puertas para que no puedan cerrarse.

Las personas, niños y adultos, nos equivocamos, una y otra vez. Lo importante es tener claro hasta dónde llega la culpa. Pongamos por caso el suspender unas oposiciones en las que habíamos invertido tiempo, esfuerzo y dinero.
Dos formas distintas de abordar la situación serían:

Opción 1: No sirvo para nada, no he estudiado nada, todo es culpa mía, nunca lo conseguiré, ni esto ni nada que me proponga.

Opción 2: Es cierto que no he estudiado lo suficiente, tengo que gestionar mejor el tiempo para poder aprobar. Tengo que analizar qué factores han influido y corregirlo si puedo. Si me presento otra vez lo haré mejor. Independientemente de aprobar o no, no es el fin del mundo, soy válido en muchas otras cosas.

La responsabilidad está en el mismo sitio, en “mí”, pero la forma de abordarlo es totalmente distinta.
En cuanto a la manera de aleccionar a los niños ante los errores que puedan cometer es importante desmenuzarles la información (como si de un plato de pescado fuese).
Pequeños cambios pueden ser:
Si el niño se comporta de forma tímida ante extraños:
No etiquetar.
Si el extraño comenta “qué tímido es”, corregirle sutilmente, “no es tímido, pero no le apetecerá hablar ahora mismo”.
Reforzar al niño con que no es tímido, que es normal que a veces no le apetezca hablar con gente nueva.
No se trata de corregir a toda costa un comportamiento (a no ser que sea problemático). Simplemente no coartar la posibilidad de cambiar, de evolucionar de forma natural.

Por último dejo el video de un anuncio de una compañía de seguros que habla sobre el “efecto Pigmalión”. Os aconsejo que os pongáis auriculares, y que lo veáis cuando tengáis un momento tranquilo. Es difícil no emocionarse.

¡Hasta pronto!

 

 

2 comentarios sobre “El efecto Pigmalión

  1. Christian Justicia dice:

    Totalmente de acuerdo con lo expuesto. A tenor del problema, hay algo que siempre me ha preocupado desde mi perspectiva como profesor de instituto. El etiquetaje entre profesores a alumnos se da muchísimo, y perdura durante años en un tiempo vital para los niños/jovenes. Este hecho tiene unas causas complejas y de distinta naturaleza, aunque quizas me atreveria a decir que se explica sobretodo porque los profesores estan quemados y algunos alumnos no se pueden adaptar a un sistema educativo desfasado ocasionando el mal comportamiento (ahora y hace 30 años). En todo caso independientemente de las causas, esta llamada de alerta sobre el susodicho efecto pigmalion deberia estar muy presente tambien en la mente de los educadores. Buena cosa que en la reunión de padres os lo hayan comentado. No todos los profesores y centros son iguales al parecer.

  2. Ana dice:

    Fantástico artículo, creo que la autoestima está totalmente relacionada por este efecto. Y lo que uno piensa de si mismo le condicionará en sus decisiones y acciones .

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